
Fui creando un puente imaginario, con columnas y acero de ensueño. Viví cada bloque, cada pulgada de asfalto, cada gota de sudor de mis obreros imaginarios. Una vez culminada mi obra arquitectónica, cruzé a pasos lentos hasta donde se encontraba él. Con ojos como noche de verano y piel cual balde de chocolate semi-endulzado. La punta de mis dedos temblorosos tocaba con suavidad la punta de sus dedos largos como varillas. Algunas veces algo, alguna parte de mi... o algunas partes... sentían el roce de cada pulgada de su piel morena. Esos mismos momentos en los que lo sentí tan cerca, como si jamas se fuese a ir. Pero sin haberme dado cuenta del momento preciso en el que me dormí, despertaba en atroz desespero buscando al menos sus varillas. Y si, siempre estuvieron ahí... a veces suaves como caricias, otras veces ásperas como lija.
Que me hagas el amor no quiere decir que me ames. Entonces no me hacías el amor, simplemente practicabamos a procrear. Tal vez no nos queríamos como yo quería que nos quisiéramos. Tal vez me querías, o me quieres, como querías o quieres vivir en una mansión con dos chihuahuas y un gato persa. Pero al fin y al cabo... ¿de que me sirve tratar de entender? Si desde ayer ya no eres.
Camino de regreso, por el mismo puente imaginario que tuve la valentía de construir. Y a cada paso que doy, veo como se derrumba y sus pedazos caen al mar. El agua se los traga como bestia hambrienta, quizás sin saber que también se traga mis más intimos anhelos.